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La celebración más grande e impresionante, en homenaje al Sol, se recrea el 24 de junio de cada año en la ciudad de Cusco, llamada Inti Raymi, una festividad solemne al dios de los Incas.
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La celebración más grande e impresionante, en homenaje al Sol, se recrea el 24 de junio de cada año en la ciudad de Cusco, llamada Inti Raymi, una festividad solemne al dios de los Incas. Hubo un tiempo en que el sol vivía en Cusco, y cuando éste se alejaba totalmente de la ciudad, los hijos del imperio temían que su dios desapareciera en la inmensidad del universo; para evitarlo, le imploraban y le rogaban que se quedara.
Esas imploraciones marcarían el inicio de su regreso y con ello la fertilidad de la tierra, había que prepararse para el nuevo año inca.
Y es que el 24 de junio la ciudad se envuelve en el manto del pasado y los tiempos del Tahuantinsuyo parecen volver. Otra vez es el Inca el gobernante invocando al Sol para obtener abundantes cosechas y alejar el hambre. Este revivir del Inti Raymi tiene como escenario la fortaleza de Sacsayhuamán, cuyo esplendor arquitectónico pone el imponente marco ante la mirada de miles de turistas.
Los dorados rayos del Sol brillan con extraña intensidad el día de la festividad. Los cerros se estremecen. El pueblo se une a la fiesta. Se escuchan las melodías de las quenas y el toque marcial del tambor. Todo es danza y alegría.
Estaba a la expectativa general de la llegada del Inca. De pronto, al compás de milenarios aires musicales y representantes que desfilan con sus vestimentas típicas, vi su aparición señorial.
Transportado sobre una litera y acompañado de un séquito de orejones y otros dignatarios, el Inca extiende sus brazos hacia el horizonte, rinde homenaje al Sol, y ora en voz alta prometiéndole obediencia, respeto y adoración.
Acto seguido se realiza la ofrenda de una llama. El sumo sacerdote y los sacerdotes militares portando antorchas encendidas, queman los montículos de paja dispuestos en la fortaleza. Tras apreciar las candentes lenguas de fuego, predicen el bienestar del Imperio.
Una vez transmitido los vaticinios, la ceremonia termina. El Inca ordena la retirada, y estalla una algarabía desenfrenada en que tanto visitantes como locales nos mezclamos en la fortaleza. El sol, desde lo alto, observa complacido el homenaje de sus hijos.
Una celebración fascinante del cual fui testigo y partícipe de un mundo de culturas que revivo en mi habitación del Hotel Libertador al ver un rayito de sol colarse entre las paredes y recordar el brillo intenso del dios inca.
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